domingo, 21 de diciembre de 2014

LA CINTA DE MOEBIUS



 

Delante incluso del último ascenso difícil logrado, suele aparecer una cima que se nos presupone imposible. ¿Pero lo es? ¿Llegamos acaso a un punto que nos permita sentenciar esa impronta con tan solo visualizarla y sin penetrar en ella? ¿Lo hemos dado quizás todo? Discúlpame, pecaré de optimismo (o ingenuidad), pero no lo creo.  El éxito obtenido de las primeras cimas (o porque no, sus fracasos), puede debilitar o fortalecer los siguientes pasos, qui lo sa, o incluso hacernos aborrecer el alpinismo en se y per se. Si es así, bájate del siguiente peldaño. No sigas subiendo. ¿Para qué? Estarás agotado… Ahora bien, de no ser así, sigue leyendo. Sigue creyendo. Si es necesario, prometo no usar más expresiones en latín. 

Es bien cierto que un elogio mal calculado puede echarnos confetti a los ojos y vedar una mirada sutil que era ineludible para imaginar una nueva andadura, pero la falta del mismo podría presentarse también como una ausencia de refugios donde detenerse y recobrar fuerzas. No somos incansables máquinas de acero. Y nuestros huesos ya no son de goma. Nadie lo supuso. Por ello necesitamos definir más que nunca los qués, los dóndes, los cuándos y los cómos antes de reiniciar, sin más, los conocidos contadores de kilómetros por hora. Y sabes que quiero hacerlo. Que no los temo. No me duelen las piernas, ni el esófago ni tan solo el estómago cuando reviento mis energías y las desplomo al vacío sin esperar nada a cambio. O tal vez sí que espero algo. Espero poder compartirlo todo, por fin, sin miedos trasnochados o silencios vacuos. ¡Ahh…ya sabes cómo los detesto (por igual) ! Estoy dispuesto y disponible a abrirme en canal, con las vísceras al aire, sin anestesia global. Y mucho menos local. Créeme. Créelo.

Pretendo que nos duela el dolor de aprender lo que no está todavía escrito, sin estar invadidos de antemano por razones precalentadas o basadas en descongeladas experiencias de microondas a potencia máxima. ¿Pero que no nos duela el no haberlo intentado todo?. Eso me pondría (pone) enfermo. Es posible que haya que romper moldes y extralimitarnos para darle sentido y significado a los acontecimientos venideros. De acuerdo. Y para ello, habrá que arriesgar(nos) como nunca lo hemos hecho y coser(nos) el cartel sin comillas de vulnerables en nuestro pecho sin alertar a destiempo el vago anuncio de un reproche o de un rechazo. ¿Acaso eso importa? Prefiero arriesgar sin callarme y sin tener que procurarnos, cómodos, en la burbuja de jabón sinsentido, que espera ansiosa ser pinchada incluso por los mismos que la mueblan en un ikea de oportunidades lowcost. No estamos solos. ¡Qué coño vamos a estarlo! Y hemos andado mucho. ¡Vaya si lo hemos hecho! No hay más que echar la vista atrás y revisar el álbum de fotos. El de cada uno y el común. Hemos crecido, nos hemos arrugado y hemos viajado dentro de nuestros propios miedos o al menos a sus capitales más importantes … ¿Que esperábamos? ¿No cambiar nada con ello? No se trata de eso. El amor incondicional tratará en todo caso de vencer a los viejos fantasmas, aquellos que recobran sus voces cavernosas cuando intuyen pavor o anclajes. Ellos te recuerdan una y otra vez que una vez fuiste débil y sucumbiste. Pero yo creo en el amor y le pido un deseo. ¿Un deseo? Sí. Que esos fantasmas mueran de viejos o de un susto (su propia medicina), o incluso de ambas cosas. ¿Por qué no? ¿Por altura, frío o desazón? No hay mejor estufa cuando desnudamos nuestros límites que la propia de un abrazo alentador. Y hoy lo necesito sin que me de aprensión usar ese verbo recién horneado en nuestro idioma: necesito. Te necesito. Y en un presente de indicativo dispuesto a conjugarse.

Porque alimentar nuestros anhelos en el campamento base no nos satisface a ninguno y regodearnos de los éxitos del pasado, incluso de los más recientes, no provocaría nada nuevo en adelante. Lo hará el superar, a dos voces, el riesgo a fallecer en la antesala de un cambio, como quien se sienta en la consulta de un dentista y vence sus miedos, sin salir despavorido, por el imaginario capaz de levantar a un muerto, cuando se oye el terrible ruido de sus aparatos infernales, atravesando los diplomas de las paredes. Lo hará el recuperar el amor propio en brazos ajenos. Los tuyos. Lo hará el compartir la fruta prohibida, aunque sea fuera de temporada y nos expulsen del paraiso por ir terriblemente desnudos. Lo hará el dejarse romper sin miedo a tener razón. O a despojarnos antes de ella. Me conoces y te conozco. Por eso, si tú vas, yo voy. No sólo eso: igualo la apuesta y la subo. Apostemos.

Y hablo por ti. Y hablo por mí. 

Porque soy dos

Porque soy

Porque soy yo.

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